martes, 3 de septiembre de 2013

Crear un estrecho compromiso





El valor de un árbol no se puede medir como se mide el de una puerta o un millar de hojas de papel, de esas que en muchos casos terminan en la basura. Pero resulta que para muchos un árbol es solo eso, materia convertible. Como en las comiquitas, cuando ven un árbol lo deshojan, lo transforman y en  un santiamén lo que es pulmón de la vida pasa a ser un mueble u otro “bien material” y se le coloca un precio y así hemos pasado siglos, deshaciendo lo que la naturaleza nos dio para el buen vivir. El mundo en que vivimos es asediado por nosotros mismos que curiosamente somos la única especie pensante que lo habita. Con el curso del tiempo, vemos resquebrajarse la naturaleza; la armonía de las formas, las entregas de verdaderos bienes, se transforman en talas, quemas; en fin, es como quitarse el manjar y ni siquiera saberlo. El eco de pájaros al despuntar la aurora o las imágenes que forman con su fuga hacia los nidos en el crepúsculo, han pasado a ser referencias literarias. La dureza de la roca, la paciencia del araguaney, por solo citar dos casos, son un cumulo de matices que canjeamos por el silencio de paredes sombrías; es una ilusoria seguridad).

¿Cuántas personas viven? ¿Cuántas disfrutan el regalo de la vida? ¿Cuántas ni siguiera han logrado ver la belleza del alba? ¿Cuántos son los seres que deambulan por avenidas sin atestiguar una escena de los animales que cruzar las ramas? El hombre se encuentra en un círculo global, lleno de vicios obsoletos; no logran desprenderse de ellos. Palabras como identidad, se pierden entre las fibras de los cosméticos y los colores de las mansas telas de hoy: Alienación, trivialidad, conformismo, son palabras ya tan comunes que parecen  parte de nuestras familias. Por eso urge despertar; porque si seguimos en el sueño de los viejos hábitos de consumo, incluido entre ellos el cultural, terminaremos comiendo plástico.

Una vez un amigo me contó la manera en que se conquistaba las mujeres en su tiempo; una de las tantas eran llevándoles serenatas, poniendo las fibras de la música en sus ventanas. Entonces, si miramos de manera crítica cómo son las relaciones amorosas hoy día, nos daremos cuenta que están siendo afectadas por un fantasma que nos susurra al oído que debemos buscar alternativas, para no mirar hacia un solo lugar, el lugar  donde abundan, las marcas, y por lo cual también somos mercancía. Las masas solo son vistas de esa manera. La superficialidad suplanta nuestros valores; está probado que en los centros comerciales surge una gran demanda de energía eléctrica, gracias al derroche que esas instalaciones cometen a diario. Son factores que afectan nuestro medio ambiente; son parte de lo que padece nuestro planeta; de ello se desprende el Lamentable individualismo que pulula. El consumo nos hace egoístas. En un encuentro de intelectuales que hubo en un país hermano, Cuba, se hablaba de la paz y la preservación del medio ambiente. Asistieron 69 intelectuales de 21 países y entre sus tantas conversas, el Comandante Fidel Castro Ruz le preguntó al periodista e intelectual Alemán Harri Grünber, si había en Alemania gas de esquisto debajo de los yacimientos que antes fueron de carbón; el periodista desconociendo ese gas, le pidió a Fidel que siguiera hablando. El líder revolucionario le dijo que el gas de esquisto tiene un método de extracción por fractura hidráulica que es sumamente contaminante y cancerígeno. Esto nos hace pensar en en el momento que nos ha tocado, en la responsabilidad con la que debemos asumir nuestras vidas. No tiene sentido ignorar que el egoísmo de unos pocos causa la muerte a muchos. Solo una fuerza moral colectiva es capaz de salvar el mundo. Ese es el llamado al que debe acudir la juventud; porque de nosotros depende la protección de nuestra PACHAMAMÁ que en castellano quiere decir madre tierra. Donde nos encontremos hay que crear un estrecho compromiso y fortalecer la unidad, ya que en ella está la victoria.